Panteones más antiguos de Hermosillo hoy son espacios públicos

por: Uniradio Noticias - 20 Octubre 2017, 04:59 pm

Por Alán Aviña

Hermosillo.- El poeta y ensayista mexicano Octavio Paz escribió en su libro El laberinto de la soledad que a los mexicanos la muerte nos es indiferente. Nos burlamos de ella, la frecuentamos, la acariciamos y le hacemos fiesta. No nos asusta, dijo, porque la vida nos ha curado de espantos.

Hermosillo es una tierra plagada de muerte. Durante 300 años de la Conquista y en los primeros 40 de vida independiente, la vida y la muerte era controlada por la Iglesia. En el siglo XIX, dijo Ignacio Lagarda Lagarda, cronista de la ciudad, la que hoy es la capital de Sonora tuvo su primer camposanto.

Detrás de la Catedral de la Asunción, ahí descansaban los restos de los primeros hermosillenses, hasta que en 1857 el presidente liberal Benito Juárez promulgó las Leyes de Reforma, y la administración de los panteones pasó a ser responsabilidad del naciente Estado.

“Cuando los panteones pasaron a administración civil, con el Código Civil de Benito Juárez, entonces el Panteón de Hermosillo, el primero civil, estuvo muy lejos de la ciudad, donde hoy en día es el parque de la escuela Leona Vicario”, comentó Ignacio Lagarda Lagarda.

Cuando los muertos ya no cupieron en el primer panteón administrado por el gobierno civil, los que morían ocuparon el subsuelo de otro camposanto, ubicado donde hoy es el Jardín Juárez.

Como la muerte no descansa, las epidemias y las balas de la Revolución saturaron durante las primeras décadas del siglo XX el panteón del Jardín Juárez, y se inauguró otro en las calles Juárez y Matamoros, donde hoy es la comandancia de Policía.

Después de la segunda mitad del siglo XX se funda el panteón de San Agustín, que hoy nombramos panteón Yáñez, que se ubicó cerca del antiguo aeropuerto.

En la década de los ochentas se fundó el panteón de Las Manitas, en el bulevar Quiroga y calle de Los Yaquis.

“Los panteones, como los aeropuertos, los estadios, van del centro a las afueras de la ciudad, pero hay que recordar que panteón tuvo también el Palo Verde que era un sector lejano, Villa de Seris cuando era municipio, donde hoy es una escuela, los indios Yaquis tuvieron su panteón en el Ranchito, esos son los otros panteones que ha habido”, comentó.

La muerte controlada por religiosos o por los gobiernos, siempre ha mantenido el mismo significado, los rituales y su celebración el 2 de noviembre continúa siendo vibrante y policromática.

“Esa costumbre pagano-religiosa siguió igual, no cambió, es curioso, pero en el Sur de Sonora, que es más indígena, se acostumbra a velar a los muertos, el ritual es de noche, y con velas encendidas y música y comida, en el centro como Hermosillo y en el norte es de día, digamos que en el centro es más español y en el sur es más indígena”, dijo el cronista.

Desde que visitábamos a nuestros muertos detrás de Catedral, siempre hemos comido ese pan que finge huesos, nos divertimos con música y calaveras, y gritamos en el frenesí de la fiesta. Todo eso, dijo Octavio Paz, nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? El poeta pensó que cada vez que nos lo preguntamos, nos encogemos de hombros y decimos: ¿qué me importa la muerte, si no me importa la vida?  

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