Tenía una vida perfecta, muerte de familiares la llevó a la depresión

por: Uniradio Noticias - 14 Septiembre 2017, 09:41 am

Por Gabriela Medina

Hermosillo.- La vida de Guadalupe era tranquila, bonita, sin mayores problemas. Una ama de casa dedicada a su marido y a su hijo, esposa de un hombre comprensivo, madre de un joven que la adoraba, los tres, disfrutaban una armoniosa convivencia en casa.

La vida había sido generosa con ella, incluso brindándole la dicha de disfrutar diariamente el amor de sus padres y hermanas, con quienes compartía cada tarde el café y la plática, las risas, los recuerdos, el amor, esa complicidad que sólo la familia tiene, que con la edad los hijos aprenden a distinguir en los ojos de los padres, que con los años los padres transmiten de una u otra forma a los hijos.

Pero un día, la belleza de la vida de Guadalupe se fue de golpe, su mundo perfecto se detuvo, su tranquilidad se acabó. La muerte, le arrebató a su padre.

“Vivía a media cuadra de la casa de mis padres, y a diario, todas las tardes, yo iba a su casa a tomar café y platicar con ellos, ahí sentados en la sala o en el porche. Y pues de un momento a otro pierdo a mi padre. Fue un golpe muy duro. Una noche estar ahí en mi casa con él, cenar, platicar, y al otro día al mediodía decirnos mi mamá ‘vénganse porque tu papá está muy grave y dice el doctor que tal vez fallezca’. Y entonces nos vamos mis hermanas y yo, y sí, a las dos horas mi papá fallece”.

Siendo tan apegada a él, Guadalupe debió enfrentar el que hasta ese momento era el dolor más grande de su vida, la pérdida dolía, recuerda, pero dolía aún más por no haberse podido despedir de él, el haberlo visto todos los días y sin embargo no alcanzar en el último momento a darle un beso antes de que partiera.

“De momento yo reaccioné como todo mundo, porque fue algo muy duro, pero yo al momento de ver a mi madre y mis hermanos asumí toda la responsabilidad, junté fuerzas no sé de donde porque como hermana mayor quise yo ser la fortaleza de la familia, ver todos los preparativos para el funeral. Yo me hice cargo de dar las vueltas, todo eso”, de esta forma bloqueó su dolor, comenta.

Y así siguió, mostrando fuerza, siendo el pilar de su familia, el apoyo de su madre, quien diariamente lloraba frente a ella la ausencia de quien fuera su amoroso compañero por 47 años.

Pero no pasó mucho tiempo para que la familia de Guadalupe sufriera otro golpe. Murió su suegro en Tijuana, y por la premura no le fue posible acompañar a su esposo a despedirlo, lo que la hizo sentirse culpable.

“Sentía una impotencia de no haberlo acompañado, porque él había estado siempre conmigo en los problemas fuertes, en todo. Yo sentía que le había fallado porque no lo había podido acompañar. Yo acababa de pasar por lo mismo al perder a mi padre y yo sabía el dolor que él estaba sintiendo, y él me apoyó cuando falleció mi papá, y yo no estaba a su lado para consolarlo, para darle una palabra de aliento. Y eso me dolió mucho”.

A las tres semanas falleció su suegra, también en Tijuana, ahí sí pudo acompañar a su esposo, pero aquel dolor reprimido que venía cargando desde la muerte de su padre, se combinó con la tristeza de ver cómo apenas cinco personas asistieron al funeral, y ahí el dolor contenido salió con más fuerza. Guadalupe no aguantó más, se le acabó la fuerza y la depresión y la ansiedad la hicieron su presa.

“Ya fue cuando me pegó un ataque de ansiedad pero espantoso, no soportaba ni ver la foto de mi papá. Iba a la casa de mi mamá como todos los días a tomar café con ella y sacaron una foto de mi papá, la tenían allí en la sala y yo no podía ni voltear a verla, no soportaba ver la foto. Sentada muchas veces en la sala yo esperaba que él saliera del cuarto y se sentara con nosotros en la sala a tomarse el café, y pues veía que no iba a salir entonces empezaba yo a sentir esa desesperación, y quería voltear a ver la foto y no podía, y no podía, se me hacía algo imposible que él ya no estuviera ahí.

“El mundo me molestaba, todo me molestaba, sentía una desesperación que no sabía si correr, si gritar. Le decía a mi mamá ‘ya me voy’, me iba a mi casa y allá en mi casa me ponía a llorar”.

Aquella vida bonita, perfecta, se veía muy lejana, ya no disfrutaba, ya no tenía ánimo. Fue entonces que buscando sanar aquel enorme dolor, y con el apoyo de su pareja y de su hijo, acudió con una tanatóloga. Así, como parte de la terapia y mediante una carta, Guadalupe logró despedirse y soltar finalmente a su padre.

Sin embargo, apenas salía de una cuando llegó otra más, una que también le dolió en el alma, el duelo que vive una madre cuando llega el momento en que parten los hijos a buscar su propio camino, el “nido vacío”.

El joven que aun en medio de la tristeza daba alegría a su hogar, decidió irse lejos, a la Ciudad de México.

“Ay, se me cerraba el mundo, porque decía ‘¿cómo se va a ir a esa ciudad tan grande, tan peligrosa?’. No sé, se me cerraba el mundo y decía ¿qué va a hacer él allá solo?, miles de cosas se me venían a la mente, y ahí fue también cuando tuve otra recaída. Es difícil para una mamá y más siendo hijo único”.

Y como si la vida se hubiera ensañado con ella, como si hubiera decidido cobrarle todos los años de tranquilidad que había tenido, a los 10 días de que su hijo se mudara y ella enfrentara aquel “nido vacío”, la madre de Guadalupe murió.

Aquello fue terrible, el dolor de una madre, la impotencia de una hija, la desesperación de una mujer que sentía que el mundo se le venía encima. La depresión volvió y con muchísima más fuerza.

Hasta que un día, con la peor crisis llegó la salida. Un ataque de ansiedad que se confundió con un infarto, la llevó hasta el hospital, y ahí, de pronto, decidió que aquello no era vida y que ella quería vivir.

“Creían que era un infarto lo que llevaba porque era un dolor en el pecho y no podía respirar, entonces cuando ya me hacen estudios y todo eso y ven que no es nada del corazón me dicen que lo mío es depresión, que necesito ayuda. Y sí, inmediatamente yo dije ‘claro que sí, la busco’, porque yo quería vivir por mi hijo, por mi esposo que ahora somos nomás nosotros dos, y por mis hermanos. Volví a disfrutar la vida y sigo adelante”.

Fue entonces que Guadalupe llegó a Fundación MAPA, aprendió a vivir de nuevo con aquel “nido vacío” y con tantos bellos recuerdos que compartió con sus padres ahora ausentes. Aprendió a aceptar su nueva realidad, a quererla y a quererse.

“Él está muy bien, le está yendo muy bien, estoy muy contenta. Aprendí a soltarlo. Sí lo extraño, lógico, pero ahora como me decía él hay muchos medios para comunicarse, y me comunico con él casi a diario. Hay veces que por su trabajo o equis no nos conectamos pero yo sé que está bien. Todos los días se lo encomiendo a Dios y a la Virgen, y pues yo sigo mi vida y muy contenta. Disfruto a mi esposo y él me disfruta a mí”.

*Fundación MAPA Hermosillo. Avenida Pedro García Conde #207, col. Pitic. Teléfono 214 44 77.

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