Planeó mil maneras de suicidarse; el amor de su familia la salvó

por: Uniradio Noticias - 13 Septiembre 2017, 05:17 pm

Por Gabriela Medina

Hermosillo.- Antes de los 20 años, siendo una exitosa estudiante de medicina en la Universidad de Sonora, Cristina planeaba en la secrecía de su cuarto cómo quitarse la vida.

Pasaba las noches en vela, pensando en cuál sería la mejor forma de hacerlo, el método más eficiente para ponerle fin a la ansiedad que la atormentaba.

“Lo planeé de mil maneras, de mil maneras, hasta investigaciones hacía en Internet para ver cuál era la manera menos dolorosa y más rápida de hacerlo, cómo podía conseguir las cosas, pastillas o algo así, en mi estuche quirúrgico yo tenía bisturís pero me daba un poco de miedo hacerlo porque se me hacía como muy exagerado la sangre, no quería que me encontraran en esa situación”.

Cristina recuerda que desde que tiene uso de razón, ha lidiado con el miedo y la ansiedad. Cuando era apenas una niñita le temía a la carretera, a viajar, a salir de su espacio cotidiano, a ser víctima de un robo, a que algo malo, lo que sea, le pasara a ella o a sus seres queridos.

Toparse con extraños le provocaba una ansiedad incontrolable, convivir con primitos de su edad o familiares a los que casi no frecuentaba era un sacrificio, ir a la tienda le causaba una gran preocupación, aún no llegaba al mostrador y ya sentía que la iban a atender de mala manera. De piñatas, ni hablar, no eran diversión, eran una tortura para ella.

En su pequeño mundo siempre estuvo convencida que su familia era el foco de todas las maldades que podían ocurrir en el mundo. La ansiedad dominaba su vida, dominó su niñez y también su juventud.

“Es un sentimiento que te falta la respiración, sientes literalmente como una pesa aquí (en el pecho) que no te deja respirar, que no te deja moverte, te sientes incómoda, lo sientes físicamente y aparte mentalmente estás pensando constantemente, tu mente no descansa y generalmente son cosas malas las que piensas”.

El miedo y la inseguridad provocaban además una constante necesidad de que todo en su vida estuviera perfecto. Si su madre la peinaba por la mañana y un pelito estaba fuera de lugar, le suplicaba que rehiciera el peinado cuantas veces fuera necesario, y si no lo hacía, la niña temía salir de su hogar.

“Todo tenía que estar perfecto como para no dar margen de que me pudieran criticar, de que yo me pudiera ver mal, de que mis papás no me quisieran, cosas así. En la escuela mis trabajos tenían que estar impecables, tenían que estar con muy buena información, aunque fuera exagerado pero así los quería yo”.

En la adolescencia la situación se agravó, Cristina se volvió muy irritable, pero sus padres consideraron que los problemas emocionales y la conducta de su hija eran cuestión de la edad, de la etapa por la que estaba pasando. No se imaginaban el infierno que en realidad ella estaba viviendo.

“Desde mi niñez no era tanto el pensamiento suicida, era más ‘ojalá me pase alguna enfermedad, algún accidente, algo que acabara con mi vida. Yo no quiero esta vida que me está costando tanto trabajo’”.

“¿O sea tú no le pedías a Dios que te sacara de ahí, tú le pedías a Dios que te llevara?: sí.”

Pero siendo además una jovencita perfeccionista, empezó a sentir que todo en ella estaba mal.

“Yo como que nunca me gusté, nunca me quise, a veces me sentaba a verme en el espejo y era de decirme ‘qué asquerosa estás’. Me enojaba verme. Y eso también ocasionó que empezara a comer menos, que hiciera ejercicio así exagerado”.

Cristina cayó en la anorexia alrededor de los 15 años, la padeció hasta que un día al provocarse el vómito se lastimó y decidió pedir ayuda. Ahí, sus padres entendieron finalmente que su hija tenía un problema psicológico y que había que tratarlo con profesionales.

Juntos lograron salir adelante, superaron la crisis. Pero pasó el tiempo, llegó la etapa universitaria, y Cristina se mudó, de su pueblo enclavado en la sierra sonorense a la ciudad de Hermosillo a estudiar Medicina.

Pero todo el estrés de la carrera, el cambio de vida, de lugar, el saberse por primera vez sola frente al mundo. Todo, hizo que Cristina explotara de nuevo.

“Empezó con llorar en las noches poquito hasta quedarme dormida, después llorar en el día,  llorar cada que tuviera la oportunidad sin que se dieran cuenta, y cada vez llorar más y cada vez no poder frenar el sentimiento de tristeza, de enojo conmigo misma por no poder hacer lo que los demás podían. Y yo no entendía, a mí no me cabía en la cabeza, por qué los demás sí pueden salir, por qué se dan chanza de dormirse unas horas y por qué yo no puedo”.

Fue en esta etapa cuando, de pedirle a Dios que se la llevara, pasó a planear ella misma cómo irse.  Llegaron los pensamientos suicidas.

Ya no recuerda cuántas noches, cuántas veces y de qué maneras tan diversas lo planeó. Pero nunca lo llevó a cabo.

Su freno dice, eran sus padres, quienes a pesar de la distancia seguían pendientes de ella en la medida de lo posible, y su novio, quien se convirtió en un gran soporte en su vida.

Pensar en qué sentirían quienes tanto la querían si ella se suicidara, era lo que la detenía, es lo que la mantiene viva.

“Una vez estaba pensando con el bisturí cortarme las venas. Lo tomé y me quedé viéndolo por mucho tiempo, hasta me lo ponía en las muñecas. Pero mientras me lo ponía pensaba ‘no quiero que mis papás vean mi muerte así con las manos llenas de sangre. No quiero que sufran. Por eso no lo hacían, nomás por eso. ¿Por eso es que estás aquí?: sí. Lo bueno es que sí tuve ese apoyo porque hay muchas personas que desgraciadamente no lo tienen y no sobreviven a esta enfermedad”.

Cristina pidió ayuda, superó una vez más la crisis y finalmente entendió que no es normal llorar sin tener motivos, sentirse permanentemente triste y ser presa de la ansiedad todas las noches. Entendió que no era la única que vivía ese dolor, que había muchas personas más que la comprendían y que en Hermosillo podía acercarse a instituciones, médicos y grupos en los que era posible encontrar la salida.

 “Yo me sentía como adentro de un pozo profundo y oscuro, y ves por fuera así y ves una vida muy bonita, ves que todos están felices, que hay algo bonito pero que tú no lo puedes alcanzar. Y es estarlo viendo y preguntándote por qué no puedes subir y vivir la vida como los demás la viven, por qué no la puedes vivir feliz. ¿Y tú la alcanzaste?: sí, fue un proceso largo, y tienes que tener mucha paciencia porque no ves salida, ves que todo sigue igual, y te desespera mucho la situación. Pero sí hay salida”.

Busca ayuda. Fundación MAPA Hermosillo, ubicada en avenida Pedro García Conde #207, colonia Pitic. Teléfono: 20 14 44 77.

 

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