Casa Hogar Madre Amable, un espacio de felicidad para los ancianos

por: Uniradio Noticias - 27 Julio 2017, 09:52 am

Por Gabriela Medina

Hermosillo.- Una tarde Ana Delia llegó a la Casa Hogar Madre Amable buscando trabajo, le interesaba quedarse sólo tres meses, y ya no se puedo ir, desde entonces han pasado siete años en los que ha  dedicado sus tardes a atender a cerca de 20 hombres y mujeres de la tercera edad, a quienes consiente, quiere y regaña como si fueran sus hijos, y al mismo tiempo como si fueran sus padres.

“Me gustó, te encariñas con las chamaconas, algunas que ya se nos fueron, te vas encariñando con ellas y se van yendo poco a poco. Ellos tienen sus tres comidas al día, a su hora y el café, piden su galleta, piden su pan, hasta las chucherías les consienten, compran sus donas, su pan, pasa el tamalero, el panadero, la fruta, todo”, comenta Ana Delia.

Francisco es uno de los que viven en la casa hogar, tenía más de 18 años viviendo solo, viajando por Sonora, Sinaloa y Baja California Norte, vendiendo algodones de azúcar, de feria en feria. Hasta que a sus 65 años se vio imposibilitado de hacerlo, le amputaron una pierna y llegó a Madre Amable, donde asegura vivir feliz entre compañeros que se convierten en amigos, y trabajadoras que los atienden y a quienes terminan queriendo como familia.

“Yo al principio cuando no estaba mocho de la pata me decía una amiga que me iban  a meter a un asilo y yo no quería, porque yo tengo familia pero no ven por mí, tengo una hermana en el otro lado, y aquí unas sobrinas que no ven por mí, tengo un hijo que se casó con una americana, se fue para el otro lado y tengo 20 años que no lo veo”, recuerda Francisco.

Y es que, aunque a algunos sí los visitan sus familiares, a otros los han dejado en el olvido, por lo que según Ana Delia, hay días en que el lugar se pinta de tristeza.

“Aquí los días más tristes para ellos es el día del Padre, el 10 de mayo, en diciembre. Se ponen tristes, se acuerdan de sus hijos, su familia, su papá, su mamá, porque hay una que otra abuela que no se casaron”, dice Ana Delia, y reconoce que para ellas esos días también son difíciles porque los abuelos les contagian su dolor.

Hay más de un Francisco en la casa, el otro es don Panchito Flores, un hombre enamorado de la vida, de la música y del amor, poseedor de una amena plática y una contagiosa sonrisa.

“Yo tengo 76 años pero me siento como si tuviera unos 15 o 18. Un día me dijo una muchacha que el que se arruga es el cuerpo no el corazón. Mientras allá vida dicen que siempre hay un roto para un descocido”, confiesa entre risas don Panchito.

El señor, quien en su juventud se dedicaba a la albañilería, cuenta que vivía en la colonia Revolución, y cuando los vándalos le destruyeron su humilde vivienda se refugió en el templo del Divino Niño Jesús, donde trabajaba en la construcción. Después un empleado de DIF Municipal lo llevó a Madre Amable, donde se ha convertido en la alegría del lugar.

“Yo pongo mis discos de Javier Solís y nos ponemos a cantar. Y en mis ratos libres me gusta hacer carpintería, hago trabajitos así, figuritas, mesitas y sillitas para regalarle a las niñas que nos visitan, aquí aprendí un día que agarré el serrucho y me puse a buscarle”, cuenta don Panchito, cuya dedicación al oficio se muestra en una capillita que él construyó y que adorna el jardín.

Él coincide con la mayoría de sus compañeros en que pasan sus días a gusto, tranquilos y bien atendidos en la Casa Hogar, pero siempre anhelan el día en que los suyos, sus familiares, los valoren de nuevo, como algún día lo hicieron, o como jamás lo han sentido.

El 70 por ciento del mantenimiento de Madre Amable depende de las donaciones que les hacen, las cuales escasean en periodo vacacional, por lo que su administradora, Alma Olivia Salcedo, invitó a la ciudadanía a donar principalmente pañales para adulto, de los cuales diariamente requieren 60 piezas para los 27 ancianos de la Casa Hogar. 

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