Francisco Javier Huerta

Francisco Javier Huerta

Columnista

Ideologías cuestionadas

8 Agosto 2016

Por Francisco Huerta
 
“La clave del cambio social no es la ideología, sino los cuerpos, los afectos y los hábitos” sentencia Jon Beasley-Murray en su famoso ensayo Poshegemonía. El destacado investigador y profesor de la Universidad de British Columbia, afirma que ya nadie parece estar tan convencido por algunas ideologías que en otros tiempos parecieron fundamentales para asegurar un orden social.
En nuestro tiempo, las personas ya no prestan un consenso tal como ocurrió en décadas anteriores, es fundamental advertir este hecho y sobre todo, que a pesar de ello, todo siga casi igual, nos demuestra que el consenso nunca fue un problema. Es por ello que Murray está convencido que el orden social se asegura por medio de hábitos y afectos, plegando el poder constituyente de la multitud sobre uno mismo. 
Pero también en sentido inverso, afirma Murray. Adherirse, no importa cuánto, a un credo revolucionario o a una ideología partidista nunca fue suficiente para quebrar un orden. El hecho de que los individuos ya no crean en la posibilidad de un cambio radical tal como alguna vez lo hicieron no significa que todo siga igual. También el cambio social se logra por medio del hábito y el afecto, afirmando el poder constituyente de la multitud. 
Esto tiene que ver con cuanto vemos que sucede en nuestro entorno, a diario nos enteramos de sucesos a nivel local y global de orden político, social y medioambiental que requieren de cambios fundamentales en nuestro comportamiento más que en nuestras creencias, filias y fobias.
Una red de cuerpos (personas) en conexión forman una multitud, los afectos, buenos o malos productos de esas interconexiones dan fortaleza o debilidad a dicha multitud. Los buenos afectos son los que perfeccionan el potencial de un cuerpo y se caracterizan por la producción de afectos positivos (como la alegría); los malos son los que disminuyen el potencial del cuerpo y se distinguen por la presencia de afectos negativos (como la tristeza). Vale la pena una distinción entre afecto y emoción, mientras que ésta es privada y personal, aquel es una intensidad impersonal y colectiva. 
En cuanto a los hábitos, podemos decir que estos son los encuentros cotidianos, rutinarios, de los cuerpos, sobre los cuales ni siquiera pensamos la mayor parte del tiempo, hasta el punto de que son casi completamente inconscientes. Son disposiciones corporales e inconscientes. Pero, a pesar o quizá gracias a esto, los hábitos son tan aprovechables. Y podemos diferenciar también entre hábitos buenos (por ejemplo, los que ayudan a constituir lo común, la comunidad) y hábitos malos o vicios (los auto-destructivos, individual y colectivamente).
Pasar revista, ya no a nuestra ideología o sistema de creencias, sino a los afectos que provocamos y nos son provocados en lo individual y colectivo, así como nuestros hábitos como reflejo de lo que somos como personas es una asignatura pendiente a la que debemos atender más temprano que tarde.
La indiferencia ideológica de que se acusa por ejemplo a la llamada generación Millennials, es un claro ejemplo de lo hasta ahora comentado. Una Multitud o más bien comunidad despreocupada por ideologías cerradas y excluyentes y que por definición resultan intolerantes, no son el marco en que ésta y las venideras generaciones quieren verse incluidas. La segregación de los llamados grupos minoritarios y las muestras de discriminación, reflejan su directa relación con un marco ideológico o con sistemas de creencias sumamente cuestionables, y por otra parte no se relaciona en muchas ocasiones con el comportamiento habitual y afectivo de los individuos y multitudes que lo defienden.

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